La felicidad no es un objetivo, sino un camino de vida

La cultura occidental se equivocó al endiosar la idea de Aristóteles sobre que la felicidad es fin supremo o gran objetivo de la vida. La felicidad es un camino o medio. Lleva al éxito bien entendido. Pero este tampoco es el objetivo. El objetivo es la autorrealización.


Tras 20 años dedicados a lo que en 2011 terminé bautizando “Felicidología”, en marzo de 2017 lo formalicé registrando el concepto de El Felicidólogo como marca. Por más que la palabra suena divertida en los oídos de muchas personas, no la registré por juego, sino como algo muy serio. En 2017, estoy cumpliendo 20 años desde que redacté mi misión en la vida: “Ayudar a las personas a ser más felices y autorrealizadas”. También, se cumplen 10 años desde que eché a andar Consultora Proactiva, dedicada al cambio y el crecimiento personal, interpersonal y organizacional. Antes, dediqué 10 años a la docencia universitaria, la comunicación corporativa y la relatoría organizacional en otras consultoras, con foco en realizar mi misión de Felicidólogo, aunque la inspiración de la palabra específica llegara después. En este artículo te voy a resumir algunos aspectos centrales de la Felicidología.


Para mí, como estudioso de la felicidad, esta es algo muy sencillo, que se puede aprender y que da muchos frutos, entre ellos el fruto del verdadero objetivo de la vida humana. Es que la felicidad no es el objetivo de la vida ni tampoco un objetivo por alcanzar en una “vida eterna”. Es una forma de vivir que se puede practicar en esta vida sin ser muy inteligente ni estudioso ni iluminado. No hay que ser especial para ser feliz, porque, como expresó Buda en su más importante sutra, “La felicidad es algo que todos podemos alcanzar, ya que es un estado inherente del ser humano”.


Como me he tomado mi misión de Felicidólogo muy en serio y la he desarrollado principalmente en organizaciones y con trabajadores, creo haber aprendido algunos aspectos centrales sobre la felicidad, sobre todo la felicidad laboral.


He dado decenas de talleres en que he tratado directamente el tema de la felicidad o la felicidad laboral. Pero creo que lo más relevante tiene que ver con abordarla como telón de fondo en los diferentes talleres de aprendizaje y coaching grupales que me ha tocado facilitar. Si alguien quiere aprender liderazgo, le conviene ser feliz liderando. Si alguien desea potenciar sus competencias como atendedor de clientes, le conviene aprender a ser feliz en el trato con personas. Quien tiene como objetivo mejorar en gestión del tiempo, está claro que le viene bien usar su tiempo con criterios de felicidad: o para dedicarlo a actividades más felices o para hacer de manera más feliz sus múltiples actividades. La felicidad es, entonces, algo funcional. Y es un tema trasversal a los demás aspectos de la existencia; es una especie de escenario donde se expresan las diferentes facetas de la vida. La felicidad, entendida como una forma de vivir, facilita el desarrollo humano, laboral y organizacional.


¿Un medio o un fin? El gran error de Aristóteles


He sostenido desde hace varios años que la felicidad no es un destino o un objetivo, sino un camino; que la felicidad es una forma de vivir; que la felicidad no es el gran objetivo o fin de la vida de los seres humanos. Estoy convencido de que la felicidad es un medio para un fin mayor. Y no entender esto es lo que llamo “el gran error de Aristóteles”. Este, si bien relaciona a la felicidad con la eudaimonia y el desarrollo de la virtud, también afirma que no existe ningún otro “para qué” y que todas las personas están de acuerdo en eso aunque para unas la felicidad pueda consistir en una cosa y para otras, una cosa diferente.


La cultura aristotélico-tomista endiosó el planteamiento del filósofo griego: “El fin supremo del hombre es la felicidad”. Y, junto con eso, en su versión contemporánea nuestra cultura ha olvidado la importancia de desarrollar la virtud para ser feliz. Hoy en día vivimos en un entorno egoísta donde, más que la virtud, importa el éxito económico y donde la felicidad tiende a ser un objetivo inalcanzable para seres insaciables. La mayoría de las personas tiende a querer siempre más y, en ese camino, jamás está del todo satisfecha. Cuando entendemos que la felicidad es el camino mismo y la forma de caminar por él, todo se simplifica.


Me tocó volver a explicarlo en el Primer congreso de la felicidad laboral y de la conciencia empresarial, organizado por Socialgrowing y la Usach en junio de 2017. Fue la conferencia Cómo ser felices en el trabajo y los estudios: corrigiendo el gran error de Aristóteles.


La felicidad, argumenté ahí, es un estilo de vida facilitador. Facilita el éxito. Uno de los que yo llamo “mitos de la felicidad” es que “el éxito lleva a la felicidad”. Para mí, es exactamente al revés: la felicidad lleva al éxito. ¿Qué es éxito? Escuché una vez esta definición y, como me hizo mucho sentido, desde entonces es la que ocupo:


"El éxito es hacer con tu vida lo que tú quieres hacer con tu vida".


Por supuesto, tengamos claro que es sin dañar los éxitos de otros. Existen la responsabilidad social, el bien común y las demás consideraciones que necesitamos tener como seres que no viven solos y que estamos destinados a aprender a amar.


¿Cuál es, entonces, el objetivo de la vida?


Por más relevante que pueda ser el éxito, el gran objetivo de la vida tampoco es el éxito, sino la autorrealización; es decir, irse desplegando, como una flor, para desarrollarse e irse de esta vida de una manera distinta de como llegamos a ella. Ojalá, desde luego, mejor de como llegamos. Y ojalá logrando la expresión de nuestro mayor potencial.


Curiosamente, la autorrealización no es exactamente una meta o un objetivo. Es, más bien, un proceso, un camino. Es crecimiento, y cuando nos estamos autorrealizando no dejamos de crecer. Lo clave es que la muerte nos pille en la autorrealización, que es un acto eventualmente permanente. Como decía Picasso, “Cuando llegue la inspiración, que me encuentre trabajando”. Parafraseando su línea de pensamiento: “Cuando llegue la muerte, que me encuentre autorrealizándome”.


Tú puedes saber si estás en tu proceso de autorrealización, es decir, autorrealizándote y autorrealizado, en este preciso día. Para esto, ayuda mucho la meditación, porque es una forma de conectarnos con el aquí y el ahora. También ayuda la atención plena y la concentración en el afán en que estás en cada momento.


Hay veces en que esa conciencia puede ser de tono más sublime; por ejemplo, cuando te sientes capaz de decir: “Podría morirme mañana tranquilo”. No es que te vayas de esta vida sin dejar sueños por cumplir, tareas inconclusas, deudas y sin afectar a otros. De lo que se trata es de partir de esta vida estando tranquilo con tu conciencia. A veces, esta sensación de tranquilidad, que es simultáneamente de gozo y plenitud, puede sentirse más fácilmente cuando has tenido un logro importante para ti recientemente y sientes agradecimiento ante la vida por haberlo conseguido. Es una sensación en la cual felicidad y autorrealización se funden, en algo así como un espacio-tiempo que son eternos, y en los cuales estás conectado intensamente con el flujo primordial, como diría Daniel Taroppio, o en un estado de flujo o en una etapa de florecimiento, como lo describiría la Psicología Positiva.


La vida es una escuela de aprendizaje. Llegamos de una forma, pero podemos irnos de otra. Me encanta esta frase que en algún bendito momento acuñó mi corazón: “No somos responsables de cómo llegamos, pero sí de cómo nos vamos”. Creo que el objetivo sublime de un ser humano es convertirse en el mejor ser humano que pueda ser. Y eso es hoy: aquí y ahora. Necesitamos comprender esto para autorrealizarnos. Nadie sabe si va a estar vivo mañana. Por lo tanto, la autorrealización es un acto que siempre habita en el presente. Y esta comprensión no tiene por qué ser filosófica o profunda. No está reservada para personas de mente brillante ni para seres que se han iluminado. La frase “Cada día tiene su propio afán” tiene que ver con vivir el presente dedicados a lo que ese presente nos presenta, aquí y ahora. Esto probablemente lo viva más profundamente un campesino concentrado en arar la tierra o un ovejero concentrado en trasladar al rebaño que un gerente que siempre está pensando en lo que no hizo ayer o en lo debe hacer mañana.


Una concepción más universal de la felicidad


Todo ser humano tiene también un propósito por cumplir, su Ikigai, sublime modelo surgido en la cultura japonesa que une cuatro variables (pasión, misión, vocación y profesión), que a su vez nacen de la combinación entre otras cuatro variables: aquello para lo que eres bueno (talentos y habilidades), aquello que te gusta o amas, aquello que el mundo necesita de ti y aquello por lo que te pueden pagar).


Veo en el Ikigai una expresión fascinante de la autorrealización. Se relaciona mucho con los hallazgos de la Psicología Positiva: la importancia de las fortalezas humanas, del compromiso con aquello para lo que somos buenos y nos apasiona, y una vida con sentido o propósito.


Expresamente elegí esta imagen del Ikigai que pone en negritas lo que se ama y sus derivadas: pasión y misión. En mi opinión, tienen una relevancia mayor. Creo que es más fácil hallar el Ikigai personal cuando nos preguntamos por aquello que amamos. Creo que es más sencillo hacerse bueno en aquello que amamos y encontrar lo que el mundo necesita de nosotros desde aquello que amamos.


Volviendo a la felicidad como un camino para la autorrealización, tengo el convencimiento de que podemos llegar a una concepción de la felicidad que traspase las épocas y los factores socioculturales y económicos. En efecto, existen tantas definiciones de felicidad como épocas, y hoy en día el relativismo imperante exacerba el que la felicidad es una cuestión esencialmente subjetiva.


Uno de mis intentos ha sido el de conceptuar un enfoque de la felicidad que sea más universal. Probablemente estoy influido por las corrientes de retorno a la espiritualidad que también están imperando en un entorno en que cada vez más personas quieren volver a su centro. No pretendo, por lo tanto, dar una definición que sea “la verdad”.


Pero sí me siento seguro en el propósito de comprender la felicidad como algo comprensible, alcanzable y que sirva de base más allá de la obsesión por el éxito financiero o el estatus, y más allá de un objetivo inalcanzable, y más allá del relativismo egoísta del “felicidad es hacer lo que a mí me hace sentir bien, y me da lo mismo lo que sientan los demás o cómo los afecte”. Rechazo esto último porque lo podría decir un sicópata sin ningún remordimiento. Y lo rechazo porque se materializa en comportamientos que generan estrés negativo en las urbes.


Fertilidad o fecundidad


Para mí, como para grandes maestros que me han inspirado en este trayecto, la felicidad es una actitud (disposición interna) y una decisión (surgida de la proactividad personal) y consiste principalmente en dos verbos: aceptar (la vida como venga, o, como dice la sabia Byron Katie, “amar lo que es”) y agradecer (lo que vemos como bueno o agradable y lo que vemos como malo o desagradable). Hay otros tres que los complementan: soltar (desapegarse, dejar ir, alejarse), gozar (el momento presente, el aquí y el ahora, y hasta los más mínimos detalles) y cambiar (las circunstancias cambiables o la forma de abordar las no cambiables).


La felicidad es verbo no sólo a nivel de actitudes. No basta con declaraciones como “Acepto la vida como venga” si eso no se convierte en acciones observables que lo lleven a la práctica. La vida es acción. Y, por eso, la felicidad es verbo también a nivel de acciones concretas. No se trata de ser felices, sino de hacernos felices. En cada actitud y en cada acción vamos actualizando nuestro nivel de felicidad. Y, mientras más felices somos, más sencillo se torna ser una persona exitosa (con conciencia de sus logros en pos de hacer con su vida lo que quiere hacer con ella) y autorrealizada (cumpliendo el propósito y autoconstruyéndose para mejorar en el día a día e irse de la vida mejor de como llegó).


Esta perspectiva es mucho más conectada con la existencia que la de la competencia con otros, el estatus y el éxito entendido como bienestar financiero. Si hay alguien con quien competir, es con uno mismo. Pero no para ir escalando en la escala social, ni para subir en ninguna otra escala de manera cuantitativa. Competir consigo mismo es convertirse en una mejor persona. Y, para ser una mejor persona, la mejor recomendación que conozco es: “Haz lo que esa persona haría”. Sucede que los seres humanos somos en la acción, como nos lo recuerdan las citas “Por sus obras los conoceréis” y “por sus frutos los conoceréis”.


Feliz proviene, etimológicamente, de “félix”, que significa “fértil, fecundo”. Entonces, felicidad significa, primigeniamente, fertilidad, fecundidad. Una persona feliz es aquella que da frutos, que da abundancia. Pero no necesariamente económica y no, desde luego, para acumular como Rico Mc Pato. La abundancia es para repartir o al menos para compartir, como nos enseña muy bien la filosofía tras la palabra “Ubuntu”, de la tribu Xhosa. Se resume en “Yo soy porque nosotros somos” y en “¿Qué sacamos con que sea feliz uno de nosotros si nuestros hermanos están tristes?”.


Que felicidad signifique la capacidad de dar frutos es otro argumento en la línea de que la felicidad es un medio para que los seres humanos demos frutos. Y dar frutos es el éxito y la autorrealización como consecuencias de ser felices.


El sabor de la vida y la universidad de la vida


Ya son más de 550 consultorías y cursos universitarios los que llevo como facilitador, docente o relator. A un promedio de 20 personas por cada instancia, tengo la maravillosa fortuna de haber conversado sobre la vida personal y laboral con unas 11.000 personas. La información que hay en este río de sabiduría es muy valiosa. He aprendido de la vida lo que todas esas personas me han enseñado. Un buen relator no va solamente a entregar, sino también a recibir.


Los buenos relatores –y tengo conciencia activa, humildemente, de estar entre ellos– no somos finalmente ni más ni menos que canales de buenas prácticas. Y en las buenas prácticas radica la más profunda sabiduría. Por lo tanto, somos canales de sabiduría, que viene de “sapere”, es decir, de “sabor”. La sabiduría es saborear la vida. Los consultores vamos a conversar con las personas para hacerles preguntas. Y, en sus respuestas, vamos hallando luces que luego sirven para darles algo de luz a otros. Para darles algo de sabor. Saber es saber cómo algo sabe, es decir, encontrarle el sabor a cada instante de la vida. Y es, sobre todo, gozar ese sabor por más amargo que sea, entendiendo por amargo aquello que nos puede causar amargura, pero que es parte de la vida. Si las papilas gustativas tienen receptores del amargor, es porque la vida contempla el sabor amargo en su esencia.


He leído a muchos autores y he estudiado varios posgrados, pero con profunda tranquilidad aseguro que lo que más he aprendido ha surgido de la universidad de la vida. En mi caso, una universidad de compartir experiencias, puntos de vista, preguntas, respuestas, a veces grandes discusiones… Pero siempre volviendo al camino común de encontrar luces que, como faros, nos puedan orientar en medio de la maraña de información y de filosofías que coexisten y que, lamentablemente, llevan a algunos a perder su rumbo en el camino de la vida.


Las definiciones de felicidad que enseño cuando me toca exponer sobre el tema en conferencias o en entrevistas están extraídas de grandes autores. Sin embargo, he tenido la ética de difundirlas solamente cuando he comprobado la validez de esa sabiduría en la sabiduría de la vida cotidiana de mis compatriotas trabajadores a quienes he conocido en mis consultorías organizacionales.


Mi propia teoría actual de la felicidad tiene como fuentes tanto a sabios consagrados y como a sabios con los que me he topado en persona en la vida cotidiana. Mi propia experiencia de vida no ha sido más que una comprobación más de estos hallazgos, que más que eso son recordatorios de aspectos muy sencillos que, en el mundo actual, resultan también fáciles de olvidar para quien se mantiene en la ilusión de las utopías que venden los medios publicitarios para eternizar el dañino sistema de la sociedad de consumo.


Amar lo que es

No soy un gurú que ande proclamando “la verdad”. Soy El Felicidólogo, es decir, alguien que practica la Felicidología. Esta área del conocimiento estudia la felicidad con un enfoque más universal y más cualitativo que estadístico; pero, sobre todo, se orienta al estudio de la felicidad en la vida práctica, en el día a día, “donde las papas queman”. Y tiene que ver con vivir la vida tal cual es, sin pelearse con ella. Si observo la sonrisa de una persona que dedica su vida laboral a limpiar baños y converso con ella, recabo una información valiosísima: más valiosa que la que se puede hallar en los libros o en los estudios numéricos. Estos también me parecen valiosos. He estado asociado a la Asociación Internacional de Psicología Positiva y creo que esta corriente ha realizado un aporte monumental. Pero pienso que el enfoque cualitativo y casuístico de la Felicidología lo complementa de buena manera. De hecho, este complemento es, curiosamente, un poco anterior, porque mi pasión por la felicidad surgió un año antes de que Martin Seligman fundara la Psicología Positiva en 1998.


He procurado orientar la Felicidología a explicar la felicidad de una forma que trascienda épocas. Y, en esta línea de trabajo, he llegado a la visión actitudinal que precisé más arriba. Para mí, la felicidad no es hacer lo que queremos, sino querer lo que hacemos. Se parece a la definición de Jean Paul Sartre: “Felicidad no es hacer lo que nos gusta, sino que nos guste lo que hacemos”. Mi cambio de verbos surgió de un ejercicio que he replicado decenas de veces y que demuestra que hacer las cosas por decisión nos da mucha mayor felicidad que hacerlas por obligación. Es más hermoso vivir la vida por decisión (queriendo, por voluntad) que sintiéndonos obligados (en contra de la voluntad o a regañadientes).


Felicidad, reitero a modo de resumen, es una manera de vivir. Es un estado de profunda conexión con la esencia de la vida. La vida es dolor y amor, oscuridad y luz, maldiciones y bendiciones, crisis y oportunidades. Negar su esencia nos desgasta.


Como asevera Byron Katie en Amar lo que es, cada vez que nos peleamos con la realidad terminamos perdiendo. Es posible aprender a ser felices incluso en el dolor, como lo explico en mi conferencia El ave fénix.


Aceptar la vida como viene, agradecerla, gozarla, desapegarnos y cambiar son los verbos claves para hacernos felices mucho más fácilmente de lo que algunos piensan. Y vivir el ahora, como nos enseña Eckhart Tolle, en una alusión fresca del Carpe Diem y profundamente conectada con la sabiduría de Oriente. La felicidad, entonces, no es cosa del otro mundo ni se alcanza después de esta vida. Está al alcance de la mano para todo el que decida hacerse feliz tomando la decisión de seguirla como un camino o una forma de vida. Como afirma Anthony de Mello, la felicidad es una actitud y una decisión.


Cada día tiene su propio afán. Pero existe un afán común: vivir el día como si fuera el último. No conozco mejor manera de conectarnos con el flujo primordial y de ser felices y de estar preparados para que la muerte nos encuentre autorrealizándonos.


Quien no es feliz hoy, ¿por qué habría de serlo mañana?



Nota:

Este material se puede reproducir, de manera parcial o total, online o en forma impresa, citando completa la fuente:

Daniel Seisdedos Reyes, El Felicodólogo ®

www.profelicidad.com

contacto@profelicidad.com

Peñalolén, Santiago de Chile

56 228914706

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